miércoles, 31 de agosto de 2016

¿Por qué?

Buenas noches de nuevo,

Como os dije, hoy quiero hablar de cómo llegué a la decisión de operarme. Y es que ésta no es la primera vez que me lo planteo. 


Ya hace casi 8 años, de la vez anterior. Hacía un par de años que me había casado y llevábamos un tiempo intentando aumentar la familia. Y no había manera. Hay pocas cosas más frustrantes... Cientos de mujeres se quedan embarazadas sin querer cada día y tú haces todo lo que sabes (y lees y te cuentan y te aconsejan), y no lo consigues. 

Cuando nos hicimos los estudios correspondientes nos dijeron que no íbamos a poder hacerlo por la vía natural y, ¡sorpresa!, con mi peso no podía entrar en el programa en sanidad pública. Entonces pesaba 128 kilos... Y no podías acceder si pesabas más de 90... Y ahí fue cuando se nos planteó por primera vez. Empecé el proceso, fui al endocrino, y antes de empezar con las pruebas, ¡¡¡me quedé embarazada!!! Evidentemente, todo quedó en el olvido rápidamente. Un bebé requiere todo tu tiempo y energía y al cabo de dos años vino el segundo, así que... (Lo sé, lo de que no podríamos tener niños por nuestra cuenta, no, no era del todo verdad :P).

Pero aquí estoy de nuevo. Han pasado 8 años y dos embarazos por mi cuerpo, y me han traído 13 kilos más.

Siempre he sido una persona sana. Mis analíticas están perfectas. No tengo colesterol, ni triglicéridos... nada. Ni me falta ni me sobra (en la sangre, claro). Y eso siempre me ha tranquilizado. Ha sido mi excusa favorita para decirme que no pasaba nada, que me sobraba mucho peso, pero que lo llevaba bien. Es fácil mentirse a uno mismo porque sabes perfectamente lo que quieres oír.
Pero llegó mi aniversario de boda. Y mi marido me regalo una escapada a Milán. Los dos solos (lujo asiático), cuatro días, en Italia (uno de mis lugares favoritos en el mundo).
Supongo que con mis antecedentes habréis podido deducir que no soy una persona físicamente activa, precisamente. Pero Italia tira de mí. Mi cabeza sólo quiere ver más cosas y mi cuerpo no tiene más remedio que seguirla (aunque sea a regañadientes). Evidentemente al final del día estoy machacada, pero da igual. Estoy en Italia. Duermo como un tronco y al día siguiente vuelta a la calle. Más machacada, con menos fuelle, pero con las mismas ganas. 
Y en una de éstas, visitamos el Duomo de Milán, y subimos a las terrazas superiores. Antes de que os echéis las manos a la cabeza, hay ascensor... o eso pensé yo. Y lo hay. Y subes hasta arriba en el ascensor... Y las vistas son maravillosas. Y de repente ves que se puede subir a las cubiertas para unas vistas aún mejores de la ciudad y ver de cerca La Madonnina. Solo os diré que comprobé por las malas que cuando se construían las catedrales no pensaban en las mujeres de 140 kilos que las visitarían 500 años después... Y tuve que asumir, también por las malas, que no estoy sana, que no está bien todo y que tengo que recuperarme por mi propio bien y por mi familia.
Subí, y llegué arriba, porque a cabezona no me gana nadie, pero cuando encontré un sitio para sentarme, me quedé allí, con el corazón latiendo como si estuviera a punto de salirse del pecho... No disfruté las vistas, o no mucho porque al final Italia es Italia, y no fui capaz de acercarme a la Madonnina... Me quedé allí, asustada, pensando en que no sabía como iban a sacarme de allí si me daba un infarto (cosa que no descartaba, tal y como me estaba latiendo el corazón en aquel momento).

Y ahí lo decidí. Tenía que hacer algo. Por mí, por mi marido, por mis hijos, por mis padres... Y aquí y ahora tengo que reconocer que es la primera vez que lo digo en voz alta, que lo recuerdo y reconozco como fue. 


Ahora ya no soy la única que lo sabe (o puede saberlo). Buenas noches.


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